“Yo soy Yo
Tú eres Tú
Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas
Tú no estás en este mundo para cumplir las mías.
Tú eres Tú
Yo soy Yo.
Si en algún momento o en algún punto nos encontramos
Será maravilloso
Si no, no puede remediarse.
Hay relaciones que terminan con una conversación.
Otras necesitan muchas.
Hay parejas que, cuando deciden separarse, todavía se quieren muchísimo.
Otras llevan años haciéndose daño.
Hay personas que después de una ruptura pueden seguir hablando y otras que necesitan una distancia enorme para poder empezar a reconstruirse.
Hay exparejas que tendrán que seguir tomando decisiones juntas durante años porque tienen criaturas en común.
Y hay relaciones en las que volver a sentarse juntas para “cerrar bien” no sería reparador, sino todo lo contrario.
Por eso tengo algunas reservas cuando hablamos de separaciones conscientes como si existiera una manera especialmente evolucionada de terminar una relación.
No creo que haya una forma perfecta de separarse.
Pero sí creo que podemos preguntarnos cómo queremos atravesar una ruptura y qué necesitamos cuidar mientras lo hacemos.
¿Qué sería entonces una separación consciente?
Para mí, una separación consciente no consiste necesariamente en separarse despacio, seguir siendo amigas, acompañarse durante todo el duelo ni despedirse agradeciendo serenamente todo lo vivido mientras suena una música preciosa de fondo.
A veces una separación consciente será bastante menos cinematográfica.
Puede consistir en reconocer que la relación ha terminado.
En asumir que hacer daño y sentir dolor no son exactamente lo mismo.
En intentar no convertir el sufrimiento en una guerra.
En responsabilizarnos de nuestras decisiones.
En reconocer y expresar límites.
En aceptar límites que no nos gustan.
En proteger a las criaturas de conflictos que pertenecen a las personas adultas.
En decidir qué contacto podemos sostener y cuál no.
Y, en ocasiones, en comprender que la manera más cuidadosa de terminar una relación es no seguir intentando procesarla juntas.
Separarse conscientemente no significa separarse sin dolor. Significa intentar no añadir sufrimiento innecesario al dolor que ya existe.
No todas las rupturas necesitan un villano
Cuando una relación termina necesitamos construir una historia que nos permita entender qué ha ocurrido.
Y esto es completamente humano.
El problema aparece cuando la única historia que podemos construir necesita que una persona sea enteramente culpable y la otra enteramente inocente.
“Era narcisista.”
“Era tóxica.”
“Todo fue mentira.”
“Perdí diez años de mi vida.”
A veces estas palabras nombran experiencias reales de abuso, manipulación o relaciones profundamente dañinas.
Y otras veces funcionan como explicaciones rápidas para algo bastante más difícil de tolerar:
que una relación puede haber sido importante, haber contenido amor y, aun así, terminar.
Podemos haber querido mucho a alguien con quien ya no podemos construir una vida.
Podemos reconocer cosas hermosas de una relación y también comprender que no queremos continuar en ella.
Podemos estar enfadadas y echar de menos.
Podemos saber que separarnos es la decisión adecuada y llorar desesperadamente por haberla tomado.
Las rupturas están llenas de aparentes contradicciones.
No necesitamos resolverlas todas convirtiendo la historia en buena o mala.
A veces quien deja la relación también está de duelo
Existe otra simplificación bastante habitual: pensar que quien toma la decisión de terminar sufre menos.
No necesariamente.
Puede llevar meses, incluso años, elaborando internamente esa decisión.
Puede sentir tristeza, culpa, alivio, miedo, amor, dudas y responsabilidad al mismo tiempo.
Y la persona que no ha elegido la ruptura puede encontrarse de repente intentando comprender una realidad para la que no estaba preparada.
Eso genera una asimetría importante.
Una persona quizá lleva seis meses pensando en separarse.
La otra acaba de enterarse hace veinte minutos.
No están en el mismo momento del duelo aunque la relación haya terminado el mismo día.
Comprender esto puede evitar bastante daño.
Quien ha tomado la decisión no puede exigir que la otra persona la acepte emocionalmente a la misma velocidad.
Y quien no la ha elegido tampoco puede exigir indefinidamente que la otra permanezca en una relación que ya no quiere sostener.
Aquí empiezan algunos de los trabajos más difíciles de una separación: aceptar que las necesidades de ambas personas pueden ser legítimas y, al mismo tiempo, incompatibles.
¿Tenemos que acompañarnos durante la ruptura?
A veces sí.
Y a veces no.
Hay parejas que pueden mantener algunas conversaciones que les permiten comprender qué ha ocurrido, despedirse, tomar decisiones o reorganizar el vínculo.
Para ellas puede resultar profundamente valioso.
Pero existe una idea que me gustaría cuestionar: que una buena ruptura exige que nuestra expareja nos proporcione todo el cierre que necesitamos.
No siempre puede.
No siempre quiere.
Y no siempre sería bueno seguir buscándolo ahí.
Hay preguntas que podremos hacer juntas.
Otras tendremos que elaborarlas por separado.
Y algunas quizá nunca tengan una respuesta completamente satisfactoria.
Cerrar una relación no siempre significa entender hasta el último centímetro de lo que ocurrió.
A veces significa aceptar que hay partes de la historia que permanecerán incompletas.
El contacto cero tampoco es una receta universal
En el extremo contrario encontramos otra idea muy extendida: para superar una ruptura hay que cortar inmediatamente todo contacto.
Bloquear.
Eliminar fotografías.
Dejar de seguir.
No saber absolutamente nada de la otra persona.
A algunas personas esa distancia les resulta necesaria y protectora.
En determinadas relaciones es imprescindible.
Pero tampoco existe una dosis universal de contacto cero que cure todas las rupturas.
Hay personas que necesitan distancia temporal.
Otras pueden mantener algún contacto sin impedir su proceso.
Algunas tendrán que seguir relacionándose porque comparten criaturas, responsabilidades, amistades, proyectos o incluso trabajo.
Así que en vez de preguntarnos simplemente:
“¿Tengo que mantener contacto o tengo que bloquear?”
quizá podamos preguntarnos:
“¿Qué efecto tiene actualmente este contacto sobre mí y qué necesito para poder elaborar la separación?”
Porque mirar compulsivamente sus redes sociales diecisiete veces al día técnicamente quizá no sea hablar con tu ex, pero tampoco parece precisamente una distancia muy eficaz.
Separarse conscientemente también significa poder expresar límites
A veces confundimos una separación respetuosa con estar emocionalmente disponibles para nuestra expareja en todo momento.
Y no.
Puedes comprender su dolor y no poder sostenerlo.
Puedes sentir cariño y necesitar distancia.
Puedes desearle cosas buenas y no querer saber con quién está saliendo.
Puedes tener una conversación sobre vuestra relación y decidir que no quieres tener otras quince.
Puedes compartir la crianza de vuestras criaturas y mantener una frontera clara alrededor de vuestra vida íntima.
La responsabilidad emocional no consiste en hacernos responsables de todas las emociones que provoca nuestra decisión.
Consiste, entre otras cosas, en no causar daño innecesario y hacernos cargo de cómo actuamos mientras sostenemos nuestros límites.
¿Y si tenemos peques?
Aquí la separación cambia de naturaleza.
La relación de pareja termina, pero la relación de co-crianza continúa.
Y eso significa que determinadas conversaciones, decisiones y acuerdos tendrán que seguir existiendo.
La investigación sobre separación y divorcio lleva tiempo señalando la importancia del conflicto interparental y de la calidad de la co-crianza para el bienestar de niñas, niños y adolescentes. No se trata simplemente de que “no os vean discutir”, sino de cómo se gestiona el conflicto, cuánto quedan expuestos a él y si pueden mantener relaciones seguras sin convertirse en intermediarios entre sus progenitores.
Una separación consciente con hijas o hijes puede implicar aprender a construir una relación completamente nueva con alguien con quien ya no queremos mantener una relación de pareja. Y esto no siempre significa llevarse estupendamente. Significa poder diferenciar:
“Ya no somos pareja”
de:
“Seguimos teniendo responsabilidades compartidas como progenitores.”
No necesitamos celebrar juntas la Navidad para demostrar que somos personas adultas emocionalmente evolucionadas. Necesitamos encontrar una forma de coordinación que sea suficientemente segura y funcional para nuestras criaturas.
Cuando separarse juntas no es una buena idea
No todas las parejas deberían hacer un proceso conjunto de separación: Si existe violencia, coerción, miedo, intimidación, control o una desigualdad importante de poder, sentarse juntas a explorar “qué aportó cada una al problema” puede ser inadecuado e incluso peligroso.
Tampoco tiene sentido insistir en un proceso compartido cuando una persona no quiere participar. La separación consciente no puede convertirse en otra obligación:
“Además de dejarme, tienes que procesar conmigo que me has dejado.”
No.
A veces el trabajo tendrá que ser individual. Y otras veces una de las tareas más dolorosas será aceptar que no vamos a tener la despedida que habíamos imaginado.
Separarse no convierte la relación en un fracaso
Tenemos una narrativa bastante extraña sobre las relaciones.
Si una pareja permanece junta hasta que alguien muere, aparentemente ha funcionado.
Si termina, hablamos de fracaso.
Pero la duración no nos dice por sí sola qué calidad tuvo un vínculo.
Hay relaciones que duran décadas y llevan mucho tiempo dejando de ser lugares habitables.
Y hay relaciones que terminan después de unos años y han sido importantes, amorosas y transformadoras para quienes las vivieron.
Terminar una relación no borra lo que ocurrió antes.
No convierte automáticamente en mentira el amor que hubo.
Y tampoco tenemos que estar agradecidas por todo para poder cerrar una etapa.
Podemos reconocer lo bueno.
Podemos nombrar el daño.
Podemos lamentar lo que no pudo ser.
Y podemos decidir marcharnos.
Todo eso cabe en la misma historia.
¿Una ruptura tiene que hacernos crecer?
No.
Y me parece importante decirlo.
Existe cierta presión contemporánea por convertir cualquier experiencia dolorosa en aprendizaje, crecimiento, resiliencia o “nuestra mejor versión”.
A veces una ruptura nos transforma profundamente.
Nos ayuda a comprender cosas sobre nuestros vínculos, nuestros límites, nuestros deseos o nuestra manera de elegir pareja.
Y otras veces estamos haciendo bastante con levantarnos por la mañana, trabajar, cuidar a nuestras criaturas y atravesar un día más sin escribirle a las tres de la madrugada.
No necesitas convertir inmediatamente tu ruptura en una experiencia enriquecedora.
Primero puedes estar triste.
Puedes estar enfadada.
Puedes sentir alivio.
Puedes echar de menos.
Puedes no entender nada.
El significado puede venir después.
O puede cambiar muchas veces.
Entonces, ¿qué sería para mí separarse bien?
No terminar sin dolor.
No conseguir que nadie sufra.
No salir convertidas automáticamente en mejores personas.
Ni necesariamente seguir formando parte de la vida de la otra.
Quizá separarse bien sea poder mirar las circunstancias concretas de esa relación y preguntarnos:
¿Qué necesitamos cuidar ahora?
¿Qué daño podemos evitar?
¿Qué conversaciones todavía tienen sentido?
¿Qué límites necesitamos?
¿Qué responsabilidades siguen siendo compartidas?
¿Qué tendremos que elaborar cada una por separado?
¿Hay criaturas a las que proteger del conflicto?
¿Es seguro hacer parte de este proceso juntas?
Y, sobre todo:
¿Cómo podemos aceptar que algo termina sin necesitar destruir todo lo que significó mientras existió?
Acompañar también una separación
En terapia de pareja no trabajamos únicamente para que las parejas permanezcan juntas.
A veces el trabajo consiste precisamente en ayudar a dos personas a comprender que quieren caminos diferentes y acompañarlas durante una parte de esa transición.
Podemos trabajar cómo comunicar la decisión, qué necesita cada persona, cómo gestionar el dolor y la culpa, qué conversaciones siguen pendientes, cómo establecer límites y, cuando hay hijos, cómo empezar a construir una relación coparental diferente de la relación de pareja que termina.
Y otras veces ese acompañamiento tiene más sentido de manera individual.
No existe una ruptura perfecta.
Pero en algunas circunstancias sí podemos intentar que el final de una relación no destruya innecesariamente a las personas que formaron parte de ella.
Y quizá eso sea bastante más realista que intentar conseguir una separación impecablemente consciente.
