Hay un momento durante algunas relaciones sexuales en el que algo cambia. Hasta hace un rato estabas disfrutando. Había sensaciones agradables, curiosidad, excitación. Quizá estabas muy a gusto con lo que estaba ocurriendo. Y entonces aparece la preguntita en tu cabeza:
«¿Voy a llegar?»
Después viene otra.
«¿Por qué estoy tardando tanto?»
«¿Y si hoy tampoco lo consigo?»
«¿Se estará cansando la otra persona?»
«¿Estaré haciendo algo mal?»
Y casi sin darte cuenta, algo que estabas viviendo empieza a convertirse en algo que estás evaluando.
Ya no estás solamente sintiendo lo que ocurre. También estás comprobando cómo vas.
Como si una parte de ti estuviera disfrutando del encuentro y otra hubiera sacado una libreta para tomar notas.
Y claro, es difícil abandonarse a una experiencia cuando simultáneamente estamos intentando aprobarla.
¿Por qué cuanto más intento tener un orgasmo, más difícil puede resultarme?
Lo primero que quiero aclarar es que querer tener un orgasmo no es un problema.
El orgasmo puede ser una experiencia extraordinariamente placentera. Podemos desearlo, buscarlo, aprender qué nos ayuda a alcanzarlo, pedir estimulación concreta y disfrutar muchísimo cuando ocurre.
No necesitamos restarle importancia para defender una sexualidad que no gire exclusivamente a su alrededor.
La cuestión es qué sucede cuando ese deseo empieza a convertirse en una exigencia.
Cuando dejamos de preguntarnos «¿qué me apetece?» y empezamos a preguntarnos «¿cuánto me falta?».
Cuando interpretamos cada cambio en nuestra excitación como una señal de que algo está funcionando o fallando.
O cuando empezamos a preocuparnos por cuánto tiempo llevamos, qué estará pensando nuestra pareja o si deberíamos haber llegado ya.
En algunas personas, esa vigilancia puede interferir con la atención a los estímulos eróticos y las sensaciones agradables. Y esto puede hacer más difícil mantener la excitación o alcanzar el orgasmo.
Pero no ocurre siempre, ni explica todas las dificultades orgásmicas.
Para comprenderlo mejor, hay un concepto clásico de la sexología que te voy a compartir.
El rol del espectador: cuando te observas en lugar de experimentar
Masters y Johnson introdujeron el concepto de spectatoring, que solemos traducir como rol del espectador.
Describe una situación en la que, durante la actividad sexual, una persona empieza a observar y evaluar su propia respuesta en lugar de permanecer principalmente implicada en la experiencia.
Por ejemplo:
Una persona está pendiente de si mantiene la erección.
Otra se pregunta constantemente si está suficientemente excitada.
Otra observa mentalmente su cuerpo desde fuera, preocupada por cómo se ve.
Y otra intenta calcular cuánto le falta para llegar al orgasmo.
En todas estas situaciones puede aparecer algo parecido: la atención se desplaza desde lo que estamos experimentando hacia una evaluación de nuestro funcionamiento.
No es exactamente lo mismo preguntarte qué sensaciones te gustan que comprobar constantemente si estás respondiendo como crees que deberías.
Una cosa es prestar atención al cuerpo. Otra es vigilarlo para comprobar si está cumpliendo.
La investigación ha encontrado asociaciones entre distracción cognitiva, pensamientos sobre el rendimiento y dificultades en diferentes dimensiones de la respuesta sexual.
Sin embargo, los estudios experimentales sobre el rol del espectador no han obtenido resultados uniformes. La autoobservación no siempre reduce la excitación, y ser consciente del propio cuerpo puede incluso favorecerla en determinadas circunstancias.
Por eso sería incorrecto concluir que pensar durante el sexo es malo o que toda atención dirigida hacia una misma perjudica el placer.
La diferencia está, en buena medida, en cómo nos estamos prestando atención y qué significado damos a lo que observamos.
El orgasmo como deseo y el orgasmo como obligación
Imagina dos experiencias.
En la primera, deseas tener un orgasmo. Sabes qué estimulación te gusta, puedes pedirla, cambiar de ritmo, detenerte o continuar. Estás disfrutando y quieres explorar hacia dónde te lleva esa experiencia.
En la segunda, también deseas tener un orgasmo.
Pero ahora sientes que tienes que conseguirlo.
Porque hace tiempo que no llegas.
Porque tu pareja lleva un rato estimulándote.
Porque piensas que, si no ocurre, el encuentro habrá sido decepcionante.
O porque necesitas comprobar que tu sexualidad funciona correctamente.
El objetivo parece el mismo.
Pero la experiencia puede ser muy diferente.
En el segundo caso, el orgasmo ha dejado de ser solamente algo deseable y ha empezado a funcionar como una prueba.
Y aquí puede aparecer una trampa: cuanto más pendiente estás de superar esa prueba, más difícil puede resultarte prestar atención a lo que realmente te excita.
Si no llegas, quizá interpretas que has fracasado.
La siguiente vez empiezas con más preocupación.
Y vuelves a vigilarte.
Así puede construirse un círculo de anticipación, autoevaluación y frustración.
No porque el orgasmo requiera una mente completamente vacía, sino porque la preocupación por el resultado puede terminar ocupando demasiado espacio en la experiencia.
¿Y si la presión no viene solamente de ti?
A veces hablamos de autoexigencia sexual como si fuera una característica individual.
Como si algunas personas fueran demasiado perfeccionistas y simplemente tuvieran que aprender a relajarse.
Pero las expectativas sexuales no aparecen de la nada.
Aprendemos cómo supuestamente debe ser una relación sexual, cuánto tendría que durar, qué prácticas deberían excitarnos y qué señales indican que alguien ha disfrutado.
Y, en muchas de esas narraciones, el orgasmo aparece como la prueba definitiva.
Si lo has tenido, la experiencia ha sido buena.
Si no lo has tenido, parece que falta algo.
En algunas relaciones, además, el orgasmo termina convirtiéndose en una forma de validar a la otra persona.
«¿Te has corrido?»
«¿Seguro?»
«¿Pero te ha gustado?»
«¿Qué estoy haciendo mal?»
Preguntar por el placer de la otra persona puede ser una expresión de interés y cuidado.
El problema aparece cuando su respuesta se convierte en una evaluación de nuestra competencia sexual.
Entonces quien está intentando alcanzar el orgasmo puede empezar a sentir que tiene una responsabilidad añadida: conseguirlo para que la otra persona no se frustre, no se sienta rechazada o no piense que ha hecho algo mal.
Y eso introduce una paradoja bastante incómoda.
El orgasmo deja de ser algo que deseo experimentar y empieza a convertirse en algo que siento que debo ofrecer.
El orgasmo no es un examen de la competencia sexual de nadie
Esto merece un apartado propio porque tiene mucho que ver con cómo hemos aprendido a entender la sexualidad.
Durante mucho tiempo, los guiones sexuales más difundidos han colocado determinadas prácticas en el centro del encuentro, especialmente la penetración en las relaciones heterosexuales.
Y han presentado el orgasmo como una consecuencia casi automática de esas prácticas.
Pero no todas las personas alcanzan el orgasmo con los mismos tipos de estimulación.
Ni necesitan el mismo ritmo, intensidad, duración o contexto.
En particular, muchas personas con vulva necesitan estimulación del clítoris, directa o indirecta, para alcanzar el orgasmo. La penetración por sí sola no es suficiente para muchas de ellas., lo que representa diversidad en las formas de experimentar placer y excitación.
Si alguien necesita una estimulación que no está recibiendo, no tiene mucho sentido explicar su dificultad exclusivamente por estar demasiado pendiente del resultado.
Quizá está pendiente porque lleva un rato esperando que ocurra algo para lo que no se están dando las condiciones.
Y aquí me parece importante distinguir dos preguntas:
«¿Por qué no consigo relajarme para llegar al orgasmo?»
y
«¿Estoy recibiendo una estimulación que realmente me resulta placentera y adecuada?»
A veces necesitamos trabajar con la atención.
Otras veces necesitamos cambiar lo que está ocurriendo en el encuentro.
Y muchas veces, ambas cosas.
No todas las dificultades para alcanzar el orgasmo tienen que ver con la ansiedad
Este es uno de los motivos por los que me parece tan insuficiente el consejo de «relájate y deja de pensar» que tanto veo en redes.
Puede haber dificultades relacionadas con el aprendizaje sexual, el conocimiento del propio cuerpo, el tipo de estimulación o la comunicación con la pareja.
Pero también pueden intervenir medicamentos, cambios hormonales, enfermedades, alteraciones neurológicas, dolor, cansancio, experiencias traumáticas, estrés, dificultades relacionales o determinados cambios vitales.
Por ejemplo, algunos antidepresivos pueden afectar a la respuesta orgásmica.
La perimenopausia y la menopausia pueden acompañarse de cambios físicos que influyan en la comodidad, la excitación o las sensaciones sexuales, aunque no todas las personas los experimentan de la misma manera.
Y una experiencia sexual en la que existe dolor, presión, miedo o falta de seguridad difícilmente puede comprenderse atendiendo solamente a los pensamientos de quien la está viviendo.
También importa distinguir si la dificultad ha estado presente desde siempre o ha aparecido recientemente, si ocurre en todas las situaciones o solamente en algunas, y si genera malestar a la persona.
No alcanzar el orgasmo en una determinada práctica, o no alcanzarlo siempre, no significa automáticamente que exista una disfunción sexual.
Y si hay una dificultad persistente que produce malestar, merece una evaluación que no dé por sentado de antemano que la causa es psicológica.
¿Qué puede ayudar cuando el orgasmo se ha convertido en una exigencia?
No empezaría por pedirte que dejes de querer tener orgasmos.
Tampoco por recomendarte que intentes no pensar en ellos.
Porque entonces podemos acabar creando una exigencia nueva:
«Tengo que dejar de pensar en llegar.»
«Tengo que estar presente.»
«Tengo que relajarme.»
Y ya tenemos otro examen.
Me parece más útil explorar qué ocurre durante tus experiencias sexuales.
Recuperar la curiosidad por las sensaciones
En lugar de comprobar constantemente si estás cerca del orgasmo, puedes probar a observar qué está siendo agradable ahora.
¿Qué tipo de contacto te gusta?
¿Hay un ritmo que prefieres?
¿Te apetece más intensidad o menos?
¿Quieres continuar, cambiar o detenerte?
No se trata de prestar atención a las sensaciones para conseguir más rápidamente un orgasmo.
Se trata de que las sensaciones vuelvan a tener valor por sí mismas.
Poder pedir lo que necesitas
A veces lo que dificulta el placer no es la falta de atención, sino la dificultad para expresar preferencias.
Quizá te gustaría otro tipo de estimulación.
Quizá necesitas más tiempo.
Quizá preferirías utilizar las manos, un juguete o cambiar de práctica.
Quizá no te apetece continuar.
Poder comunicarlo sin sentir que estás examinando a la otra persona, o que vas a herirla por pedir algo diferente, puede transformar considerablemente la experiencia.
Revisar qué significa no llegar
¿Qué ocurre emocionalmente cuando no tienes un orgasmo?
¿Sientes frustración porque era algo que deseabas?
¿Vergüenza?
¿Culpa?
¿Miedo a decepcionar?
¿Te preocupa que signifique que algo va mal contigo?
No todas estas emociones necesitan la misma respuesta.
La frustración por no conseguir algo que deseamos es comprensible.
Pero si la ausencia de orgasmo se convierte en una prueba de que nuestro cuerpo falla, de que nuestra pareja no nos desea o de que somos sexualmente inadecuadas, quizá necesitemos trabajar también con esos significados.
Explorar sin convertir cada encuentro en una prueba
En terapia sexológica podemos utilizar propuestas experienciales centradas en las sensaciones, la exploración corporal y la comunicación. Entre ellas están los ejercicios de focalización sensorial, adaptados a las necesidades y circunstancias de cada persona o pareja.
Su sentido es crear condiciones para explorar sensaciones, preferencias, límites y formas de contacto reduciendo, cuando resulta pertinente, las exigencias de rendimiento. Y tampoco son una receta universal.
No todas las personas necesitan los mismos ejercicios ni todas las dificultades se resuelven trabajando la atención.
¿Y si realmente quiero tener orgasmos y me frustra no conseguirlos?
Entonces esa frustración también merece un lugar.
A veces, en nuestro intento de cuestionar la presión por alcanzar el orgasmo, podemos acabar transmitiendo otro mensaje poco útil:
«No le des tanta importancia.»
Pero quizá para ti sí la tiene.
Quizá deseas explorar tu capacidad orgásmica.
Quizá nunca has tenido un orgasmo y te gustaría experimentar uno.
Quizá antes los tenías y algo ha cambiado.
Quizá disfrutas de tus encuentros sexuales, pero también quieres comprender por qué te resulta difícil llegar.
Todo eso es legítimo.
Defender que el orgasmo no sea obligatorio no significa que tengamos que conformarnos con no alcanzarlo cuando es algo que deseamos y su ausencia nos genera malestar.
Podemos trabajar para ampliar las posibilidades de placer, incluida la experiencia orgásmica, sin convertirla en una obligación.
No tenemos que elegir entre perseguir el orgasmo a cualquier precio y fingir que no nos importa.
¿Qué trabajamos en terapia sexológica cuando existen dificultades con el orgasmo?
Lo primero no suele ser enseñar una técnica.
Es comprender qué está ocurriendo.
Cómo vives tu sexualidad.
Qué experiencias has tenido.
Qué sabes de tu respuesta sexual.
Qué estimulación te resulta placentera.
Qué sucede cuando estás a solas y qué sucede cuando compartes el encuentro con otras personas.
Qué expectativas aparecen.
Cómo se comunican las preferencias y los límites.
Qué lugar ocupan el cuerpo, la relación, la seguridad, la historia sexual y el momento vital.
Y también valorar si existen factores médicos, farmacológicos o físicos que requieran atención específica o colaboración con otras profesionales.
A partir de ahí podemos trabajar con recursos diferentes.
A veces será importante que explores tu cuerpo y la estimulación.
Otras, la ansiedad anticipatoria, las expectativas o los pensamientos que aparecen durante el encuentro.
Otras, la comunicación, la relación o experiencias previas que siguen teniendo impacto.
La terapia sexológica puede ayudarte a comprender qué necesitas y qué posibilidades quieres explorar.
El placer no necesita una nota final
Hay encuentros sexuales en los que tenemos orgasmos maravillosos.
Otros en los que los buscamos y no llegan.
Otros en los que no los buscamos.
Y otros en los que disfrutamos muchísimo de experiencias que no terminan con un orgasmo.
Ninguna de estas situaciones permite, por sí sola, determinar cuánto placer hemos sentido.
Me interesa que podamos reconocer el orgasmo como una posibilidad valiosa dentro de nuestra sexualidad, sin convertirlo en el único resultado que cuenta.
Porque quizá el problema no sea que deseemos llegar.
Quizá sea que, en ocasiones, estamos tan pendientes de comprobar si estamos llegando que dejamos de preguntarnos si nos está gustando el camino.
Y esa es una pregunta que merece la pena recuperar.
Soy Amanda G. Guadamillas, psicóloga y sexóloga. Trabajo con dificultades relacionadas con el orgasmo, el deseo, la excitación y otras dimensiones de la sexualidad desde una mirada biopsicosocial, relacional y sensible al trauma, en mi consulta de Gijón y también online.
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