Cartel oficial de La bola negra, película dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi

La bola negra: cuando fingir quién eres te permite sobrevivir, pero te impide vivir

Una lectura psicológica de la película de Los Javis sobre el trauma, la identidad, la vergüenza y las vidas que no pudieron vivirse.

Aviso: este artículo contiene referencias a escenas y temas importantes de la película La bola negra.

Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos, y hay otras que continúan ocurriendo dentro de ti durante días.

Ayer salí de ver La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, con esa sensación difícil de explicar: la de haber visto algo que sabía que iba a necesitar digerir y procesar.

Quizá porque, además de conmoverme profundamente, encontré en la película muchas de las preguntas que atraviesan mi trabajo como psicóloga.

¿Qué hacemos cuando ser quienes somos no resulta seguro?

¿Qué partes de nosotras aprendemos a esconder para conservar el afecto, la pertenencia o incluso la vida?

¿Qué ocurre cuando una forma de protegernos termina convirtiéndose en una manera de desaparecer?

Y, sobre todo, ¿qué sucede con las vidas que no pudieron vivirse?

La bola negra entrelaza historias situadas en diferentes momentos de nuestra historia y dialoga con el universo de Federico García Lorca. Habla de deseo, violencia, identidad, memoria y de las posibilidades que una sociedad concede o arrebata a determinadas personas.

Pero hay algo que se me pega especialmente a la piel: la diferencia entre sobrevivir y poder vivir.

Para mi pensar en la película es pensar en algo que aparece con frecuencia en psicoterapia: las estrategias que desarrollamos para protegernos pueden ser profundamente necesarias y, al mismo tiempo, tener un coste enorme para nuestra vida.

Cuando ser tú puede tener consecuencias

Solemos hablar de autenticidad como si fuera una decisión exclusivamente personal.

«Sé tú misma».

«No te escondas».

«Atrévete a vivir como quieres».

Pero estos mensajes no significan lo mismo para todo el mundo.

Hay contextos en los que expresar la propia orientación sexual, identidad o forma de amar puede implicar perder vínculos, sufrir violencia, quedarse sin recursos o poner en peligro la propia vida.

En esas circunstancias, ocultarse no es necesariamente una muestra de cobardía, inmadurez o falta de aceptación personal.

Puede ser una estrategia de supervivencia.

Porque desde una mirada terapéutica sensible al trauma no podemos preguntarnos únicamente por qué alguien no fue capaz de mostrarse como era. Nos preguntamos también:

¿Qué podía ocurrirle si lo hacía?

En La bola negra, el deseo no aparece separado de las condiciones históricas en las que puede o no expresarse.

Pienso, por ejemplo, en la escena del acercamiento entre Sebastián y Rafael. En esa mano que se aproxima a un cuerpo sin terminar de tocarlo. Deseo y peligro en un pequeño gesto que concentra la inmensidad. 

La libertad de vivir una identidad no depende solamente de cuánto nos conozcamos o aceptemos. También depende del mundo en el que vivimos. («Por mi gusto tiraría la jabalina, pero debo endulzar naranjas» 

Cuando la protección termina convirtiéndose en una forma de desaparecer

En psicoterapia trabajamos a menudo con respuestas que tuvieron sentido en algún momento de la historia de una persona.

Aprender a no expresar necesidades pudo ayudar a evitar conflictos.

Estar permanentemente pendiente del estado emocional de otras personas pudo facilitar la anticipación de situaciones peligrosas.

Intentar agradar pudo reducir el riesgo de rechazo.

Desconectarse de determinadas emociones pudo permitir continuar cuando sentirlas resultaba demasiado abrumador.

No todas estas respuestas son necesariamente traumáticas, ni aparecen siempre por los mismos motivos, pero muchas pueden comprenderse mejor cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué problema representan y empezamos a explorar qué función cumplieron.

A veces fueron adaptaciones muy inteligentes a circunstancias difíciles.

El problema es que las condiciones pueden cambiar mientras las respuestas aprendidas permanecen. Y entonces aquello que antes protegía empieza a restringir.

Puedes seguir ocultando lo que deseas incluso cuando ya no estás en el mismo peligro.

Puedes seguir anticipando rechazo en relaciones donde quizá sería posible encontrar aceptación.

Puedes continuar representando una versión de ti que aprendiste a construir para sobrevivir, aunque ahora esa representación te aleje de tus necesidades, tus vínculos o tu propio deseo.

No porque hayas elegido conscientemente vivir así, sino porque cambiar una forma de protección profundamente aprendida no siempre es sencillo.

¿Qué ocurre cuando el precio de pertenecer es dejar partes de ti fuera?

Cuando puedes formar parte de una familia, de un grupo o de una comunidad siempre que no hables de a quién amas.

Cuando recibes afecto, pero solamente mientras representas el papel que se espera de ti.

Cuando la aceptación parece tener condiciones que nadie necesita explicarte porque las conoces perfectamente.

Entonces la pertenencia puede convertirse en una experiencia profundamente ambivalente.

Necesitas esos vínculos.

Pero para conservarlos tienes que vigilarte.

El modelo de estrés de minorías, desarrollado por Ilan Meyer, ayuda a comprender cómo las personas pertenecientes a grupos estigmatizados pueden afrontar una carga adicional de estrés relacionada con la discriminación, la expectativa de rechazo, la ocultación y el estigma interiorizado.

No significa -ni de lejos – que pertenecer a una minoría sexual o de género sea un problema psicológico, significa que vivir bajo determinadas condiciones sociales puede generar sufrimiento que no puede comprenderse separándolo de esas condiciones.

Y hay algo especialmente doloroso en aprender que para conservar el amor de otras personas debes esconder aquello que también forma parte de ti.

Porque entonces la pregunta deja de ser solamente «¿me quieren?».

Y puede convertirse en otra mucho más difícil:

«¿Me seguirían queriendo si supieran quién soy?»

Con el tiempo, además, la mirada de los demás puede terminar formando parte de la manera en que nos miramos. Ya no necesitamos que alguien nos diga que debemos ocultarnos. Podemos empezar a hacerlo automáticamente.

Vigilamos los gestos, las palabras, la expresión del deseo, la proximidad de nuestros cuerpos o lo que otras personas podrían interpretar. Y esa vigilancia puede aparecer también en la intimidad.

Desear algo y sentir miedo de desearlo. Buscar cercanía y retirarse cuando aparece. Querer ser visto y experimentar angustia ante la posibilidad de que alguien nos vea realmente.

No todo conflicto con la propia identidad procede del interior de una persona.

A veces hemos aprendido a mirarnos con los ojos de un entorno que nos rechazaba.

El cuerpo también recuerda lo que no podía permitirse

Hay algo en el lenguaje cinematográfico de La bola negra que me resulta especialmente conmovedor.

No todo se explica.

Hay silencios, distancias, acercamientos, miradas y gestos que permiten sentir algo de lo que está ocurriendo.

Y eso conecta con una dimensión importante de mi manera de entender la psicoterapia.

Nuestras experiencias no se organizan únicamente en pensamientos conscientes. También aprendemos maneras de movernos, de aproximarnos, de mantener distancia, de anticipar amenazas y de responder a la cercanía.

El cuerpo participa en nuestras experiencias de seguridad y peligro, y nuestra manera de habitar el cuerpo y relacionarnos con otras personas también está influida por nuestra historia.

Podemos desear algo y notar simultáneamente una respuesta de protección. Podemos comprender intelectualmente que tenemos derecho a vivir nuestra sexualidad y, aun así, experimentar vergüenza, tensión o miedo.

Porque sentirse libre para hacer algo no siempre es lo mismo que saber que tenemos derecho a hacerlo.

Las vidas que no pudieron vivirse: memoria, silencio y duelo

Hay una frase de los creadores de La bola negra que me parece una de las claves para comprender la película: está dedicada a las vidas inacabadas, y creo que pocas expresiones permiten acercarse tan bien a una forma de pérdida que resulta difícil de nombrar.

No es solamente perder a alguien, es perder la posibilidad de una vida.

La relación que no pudo existir públicamente, el amor que nunca llegó a expresarse, los años que alguien pasó escondiéndose, la familia que no pudo construir, la intimidad que tuvo que mantenerse en secreto, las decisiones que nunca estuvieron realmente disponibles. los futuros que quedaron interrumpidos…

La película nos acerca a esas pérdidas a través de historias situadas en distintas épocas, unidas por el deseo, la violencia y la memoria y nos invita a preguntarnos qué ocurre con aquello que no pudo contarse.

Cuando hablamos de transmisión intergeneracional del trauma conviene ser rigurosas no significa que los acontecimientos traumáticos pasen intactos de una generación a otra, ni que cualquier dificultad actual pueda explicarse por un trauma vivido por nuestros antepasados.

La investigación describe procesos complejos en los que pueden intervenir las relaciones familiares, los estilos de comunicación, las experiencias de crianza, los significados compartidos y la persistencia de condiciones sociales de violencia o discriminación.

Los silencios también pueden tener funciones distintas.

A veces protegen, a veces evitan un dolor que no se sabe cómo abordar, a veces responden al miedo, y otras veces forman parte de una prohibición social sobre aquello que puede ser recordado.

Pero nuestra identidad también se construye con relatos, con lo que sabemos de quienes nos precedieron, y en ocasiones, con las ausencias que aprendimos a no preguntar. El momento en el que creo que la mayoría liberamos más llanto en el cine es cuando el personaje de Alberto, magistralmente interpretado por Carlos González, se deja caer en el pasillo, sobre el hombro de su pareja. Toda esa pena y alivio tras la información relevada es algo que ocurre en terapia: narrar lo innombrado libera, ordena e integra.

¿Qué tiene que ver todo esto con la terapia?

Mucho. Pero quizá no de la manera más evidente.

A veces llegamos a terapia queriendo eliminar algo de nosotras mismas: Dejar de tener miedo, dejar de complacer., dejar de ocultarnos, dejar de desconectarnos, dejar de reaccionar como reaccionamos.

Y, sin embargo, una parte importante del trabajo puede comenzar cuando dejamos de preguntarnos únicamente cómo eliminar esas respuestas y empezamos a comprender por qué aparecieron, qué función cumplieron. qué circunstancias las hicieron necesarias, qué coste tienen hoy.

Y qué otras posibilidades podrían existir ahora.

Entiéndeme, no estoy queriendo decir que todo lo que hacemos responde a un trauma, ni que todo lo que hacemos se justifique por nuestra historia, pero comprender una respuesta puede ayudarnos a transformarla sin convertirla en una prueba de que hay algo defectuoso en nosotras.

Desde mi manera de trabajar y acompañar, la terapia puede convertirse en un espacio donde explorar esas formas aprendidas de protección y donde empezar a distinguir entre lo que seguimos haciendo por miedo, lo que realmente deseamos y aquello que todavía necesitamos para sentirnos suficientemente seguras.

Pero hay algo que no quiero perder de vista nunca:

No podemos pedirle a la terapia que resuelva individualmente las consecuencias de una violencia que también es social y política.

Una persona puede trabajar profundamente su vergüenza y seguir viviendo en un entorno discriminatorio, puede desarrollar recursos para regular el miedo y continuar enfrentándose a amenazas reales, puede construir una relación más amable con su identidad sin que desaparezcan las condiciones materiales que dificultan vivirla.

Por eso, una psicoterapia con perspectiva feminista y afirmativa de la diversidad sexual y de género necesita mirar más allá del individuo.

No basta con preguntarnos qué le ocurre a una persona, también necesitamos preguntarnos qué le ha ocurrido, en qué contexto vive y qué posibilidades reales tiene a su alcance.

Sobrevivir no debería ser lo máximo a lo que podemos aspirar

Creo que una de las razones por las que La bola negra nos conmueve tanto es que nos enfrenta a una diferencia que en terapia aparece constantemente.

La diferencia entre conseguir seguir adelante y poder vivir una vida que sentimos nuestra.

Sobrevivir puede exigir ocultarse.

Callar.

Adaptarse.

Renunciar.

Desconectarse.

Hacer lo necesario para atravesar circunstancias en las que las opciones son escasas.

Pero cuando las condiciones lo permiten, también podemos empezar a preguntarnos qué necesitamos para algo más: Para tener vínculos en los que no sea necesario representar constantemente un papel, para reconocer nuestros deseos sin vivirlos automáticamente como una amenaza, para expresar necesidades, para habitar el cuerpo con mayor libertad, para construir una vida que no esté organizada exclusivamente alrededor de evitar el peligro.

No todas las personas pueden hacerlo al mismo ritmo, no todas parten de las mismas condiciones y no siempre existe un camino sencillo entre sobrevivir y vivir, pero quizá una de las preguntas más valiosas que podemos hacernos es esta:

¿Qué partes de mí aprendieron a esconderse para mantenerme a salvo y cuáles podrían empezar a tener espacio ahora?

Hay una idea de La bola negra que me sigue acompañando un día después de verla:

Que una vida puede quedar profundamente condicionada por aquello que una sociedad permite o prohíbe, que podemos aprender a desaparecer un poco para continuar existiendo, y que recordar a quienes no pudieron vivir libremente también debería comprometernos con las posibilidades de quienes sí estamos aquí.

Porque comprender las estrategias de supervivencia es importante, pero también lo es construir un mundo en el que cada vez menos personas tengan que renunciar a sí mismas para estar a salvo.


Soy Amanda G. Guadamillas, psicóloga y sexóloga. Trabajo desde una perspectiva integradora, relacional y psicocorporal, sensible al trauma, feminista y afirmativa de la diversidad sexual y de género. Atiendo presencialmente en Gijón y también online.

NOTA: Hay un montón de temas más de los que podría hablar en relación al largometraje… aun esto procesando la película. Si hay algo que te interese particularmente, dímelo, Yo seguiré pensándola. Gracias,

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