Persona mirando por la ventana, imagen para un artículo sobre ansiedad y psicóloga en Gijón

Entender la ansiedad no basta: por qué el cuerpo no se convence con argumentos

Hay una frase que escucho con frecuencia en consulta, casi siempre con un poco de vergüenza: «Ya sé por qué me pasa. Lo he hablado, lo he leído, lo he pensado mil veces. Y me sigue pasando».

Suele decirse como una confesión de fracaso, como si comprender fuera el trabajo difícil y lo que viene después, el cuerpo tranquilo, tuviera que ser automático. Lo que señala esta frase es algo que a menudo se pasa por alto cuando hablamos de ansiedad: saber algo y vivirlo de otra manera son dos procesos distintos.

La ansiedad no siempre es un fallo de funcionamiento

Se habla de la ansiedad como de un sistema de alarma estropeado, que suena cuando no toca. A veces es así de simple, y a veces no. Con frecuencia lo que vemos es un sistema que aprendió muy bien una lección y sigue aplicándola.

Por eso, cuando alguien me cuenta que tiene ansiedad, me pregunto qué ha aprendido que es peligroso. Y la respuesta rara vez es única. Puede ser que en casa el estado de ánimo de alguien fuera imprevisible y hubiera que leer los gestos antes de que llegaran las palabras. Que equivocarse tuviera consecuencias. Que ser la persona responsable fuera la única manera de ocupar un lugar. Que el cuerpo fuera objeto de comentarios desde muy pronto. Que la vida adulta haya traído precariedad, cuidados sin descanso o una sobrecarga que no se acaba nunca.

Tampoco conviene asumir que detrás de toda ansiedad hay un trauma. Hay ansiedades que tienen mucho más que ver con el presente que con el pasado. Y hay historias dolorosas que no producen ansiedad, sino otras cosas. Me parece más realista no decidir la causa de antemano y preguntarse, en cada caso, qué función cumple esto en la vida de esta persona.

Vigilar bien es una forma de adaptarse

La hipervigilancia no se aprende en el vacío, y no se reparte por igual.

Muchas mujeres aprendemos pronto a calcular: por qué calle volver, cómo responder a un desconocido que insiste sin que se enfade, cuánto sonreír, cuánto ceder. Muchas personas LGTBIQA+ aprendemos a evaluar, casi sin darnos cuenta, si es seguro cogerse de la mano, si conviene corregir el pronombre, si en este lugar se puede ser quien una es. Es una atención constante, entrenada, que tiene un coste de energía enorme. Y que, en contextos que realmente no son seguros, es también una lectura bastante acertada de la realidad.

La pregunta incómoda es qué significa entonces «relajarse». Si parte de la alerta responde a un entorno que no ha dejado de ser hostil en algunos aspectos, decir que el problema está en cómo gestiona su ansiedad cada persona es, como mínimo, una explicación incompleta. Individualizar lo que es en parte social tiene un precio: la persona acaba sintiendo que, además de vivir con miedo, se equivoca al sentirlo.

Nada de esto significa que toda la ansiedad sea política. Significa que, si no preguntamos por el contexto, corremos el riesgo de patologizar una respuesta que tenía sentido.

Lo que mantiene la ansiedad no es siempre lo que la originó

Comprender de dónde viene una ansiedad es valioso, yo le dedico unas cuantas sesiones en terapia individual, pero nos hace falta un poco más para entender por qué sigue. Los mecanismos que la mantienen suelen ser otros, y casi siempre son razonables a corto plazo.

Evitar alivia de inmediato, y por eso funciona, pero también enseña que aquello era peligroso. Anticipar y controlar dan sensación de seguridad, aunque pueden convertir cada día en un ensayo general de lo que podría salir mal. Rumiar parece una forma de resolver, aunque rara vez resuelva. Y el cuerpo, que ya está en alerta, produce sensaciones (el corazón, la respiración, la tensión en el estómago) que se interpretan como una señal de que algo va mal, lo que a su vez aumenta la alerta. Muchas personas acaban con ansiedad por tener ansiedad.

Hay también una paradoja que me parece fascinante: para algunas personas, la calma es sospechosa. Si bajar la guardia estuvo asociado en algún momento a que pasara algo malo, descansar puede sentirse como una imprudencia. Entonces el malestar aparece justo cuando por fin no hay nada urgente.

Una precisión que me parece importante: antes de explicar un cuerpo en alerta desde la historia o los vínculos, tiene sentido descartar contribuciones médicas, de medicación o de consumo de sustancias. La mirada psicológica no sustituye a la médica; la acompaña.

Entender y sentir no son lo mismo

Aquí está, para mí, el centro de la cuestión. La comprensión intelectual opera en el lenguaje: ordena, da sentido, reduce la incertidumbre, y eso ya es mucho. Pero la alarma vive en otro registro, más rápido, más corporal y anterior a cualquier relato. Se puede saber con total claridad que una situación no es peligrosa y que el cuerpo siga actuando como si lo fuera.

Lo que suele cambiar las cosas no es una explicación mejor, sino una experiencia distinta. Estar con una sensación que normalmente se evita y descubrir que se puede atravesar. Notar la tensión sin tener que arreglarla en el acto. Que alguien se quede cerca mientras esto ocurre, de modo que ya no se viva a solas lo que antes se vivió a solas. Son experiencias pequeñas, y tienen la ventaja de que no se pueden hacer solo con la cabeza.

Por eso me interesa tanto el cuerpo en terapia, y por eso desconfío de las soluciones que prometen calma a base de respirar de una determinada manera y de terapias que consisten solo en dialéctica. Para algunas personas conectar con las sensaciones corporales es difícil, o incómodo, o directamente da miedo. Que pase eso es información valiosa sobre lo que ha sido necesario hacer para sostenerse, y en terapia generamos nuevas posibilidades y caminos para relacionarnos con eso.

No pasar por encima de lo que nos pasa

Hay una frase por la que mis consultantes podrían decirme (no lo hacen, jaja) «Amanda, te repites más que el ajo», y es «No pasemos por encima de lo que te pasa,»

Y eso pueden ser muchas cosas: Los nervios durante la primera sesión. La desconfianza hacia el proceso. El miedo a volver a decepcionarse, a contar y que no sirva de nada. La necesidad de entenderlo todo antes de moverse. La dificultad para sentir el cuerpo, o para soltar el control, aunque sea unos minutos. Todo eso no son obstáculos previos al trabajo, Son parte del trabajo. Con frecuencia son la ansiedad misma, apareciendo en la habitación y mostrando cómo funciona.

Me pregunto, en cada caso, qué necesitaría esta persona para sentirse suficientemente segura como para explorar otras posibilidades. Y esa seguridad se construye, despacio, en una relación. En la relación terapéutica.

¿Y si la pregunta no fuera cómo quitar la ansiedad?

Si tuviera que elegir una pregunta en lugar de diez consejos, sería esta: ¿qué necesitaría esta ansiedad para dejar de ser imprescindible?

No es una pregunta con respuesta rápida. Pero cambia el punto de partida, porque trata la ansiedad como algo que tiene una historia, una función y un contexto, y no solo como un síntoma que corregir.

Si vives en Gijón o en Asturias y estás buscando una psicóloga para trabajar la ansiedad desde una mirada relacional, psicocorporal, sensible al trauma y con perspectiva de género e interseccional, puedes escribirme para contarme qué te gustaría trabajar. Atiendo en Gijón y también online. Y si lo que sientes es más complejo de lo que cabe en una primera consulta, no hace falta que lo tengas ordenado para empezar.

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